Cuando se tiene una relación amorosa con una persona y deseamos permanecer a su lado durante toda la vida, hay que combatir un montón de situaciones que no van a ser fáciles para uno, para el otro o para los dos en muchos momentos. Pero el amor consiste en eso, en aceptar que habrá momentos de dificultad y en superarlos juntos para tratar de ir escribiendo nuestra historia codo con codo y reforzar los vínculos, especialmente en esas situaciones de más complejidad. Este es un aprendizaje del que hago gala ahora, pero que me ha costado mucho tiempo interiorizar y que no es fácil de asumir. Os voy a contar cómo he llegado a esta conclusión con el paso de los años.
Me casé cuando tenía 30 años con la que había sido mi novia desde hacía una década. Tengo que deciros que, hasta entonces, mi relación con ella había sido perfecta. Casi nunca habíamos discutido por nada porque aceptábamos las diferencias del otro como parte de su ser y no queríamos cambiarlas. En una época en la que muchos de nuestros amigos y amigas se peleaban constantemente, nosotros éramos como una especie de oasis en medio del desierto, la relación más sana que conocíamos y un ejemplo para todas aquellas personas que nos rodeaban. Esto no lo decíamos nosotros: era lo que nos transmitían nuestros familiares y amigos. Bien orgullosos que estábamos de ello.
Decidimos casarnos para oficializar nuestro amor y para empezar a formar una familia. Esta época, como no podía ser de otra manera, fue una de las más felices que habíamos tenido durante toda la relación. Nuestra luna de miel fue perfecta y los primeros años de matrimonio fueron exactamente iguales que lo que habían sido nuestros años de noviazgo, algo que a mucha gente le cuesta comprender pero que debería ser una realidad en todas las parejas, qué queréis que os diga. Incluso, después de algunos años casados, llegó el momento en que mi chica se quedó embarazada. Justo lo que estábamos deseando con todas nuestras fuerzas.
Por suerte, todo salió bien durante el embarazo y nuestro hijo vino al mundo con la mayor de las seguridades. Nuestra familia se ampliaba y la felicidad que sentíamos era muy grande, la máxima que habíamos podido alcanzar a lo largo de toda nuestra vida. Sin embargo, de ahí en adelante las cosas empezaron a cambiar para mal y comenzamos a discutir más de la cuenta a causa de diferentes aspectos organizativos en la educación y el día a día de nuestro hijo. Creo que tanto ella como yo fuimos igual de culpables porque no tuvimos la comunicación que había que tener en una época como esa. Y, cuando no hay comunicación, lo que sí hay son problemas.
Tenía muchos motivos por los que preocuparme y por los que pensaba que nuestra relación se podía ir al carajo. Además de la situación de la que os hablaba en el párrafo anterior, había que atender a estadísticas como de la que se hacía eco una noticia publicada en el diario El Confidencial y que hablaba de la década en la que era más probable que nos divorciáramos, la que se encuentra entre los 40 y 49 años, que era la edad de la que nos encontrábamos tanto mi mujer como yo. La verdad es que leerla me asustó mucho y tengo que reconocer que fue a partir de alguna información como esta cuando decidí que debíamos hacer algo para corregir la situación en la que nos encontrábamos.
Comenté con mi mujer qué podíamos hacer para resolver la complicada situación en la que se encontraba nuestro matrimonio y llegamos a la conclusión de que necesitábamos terapia de pareja. Era algo que nunca nos habíamos propuesto, pero que teníamos que explorar. Por tanto, decidimos empezar a buscar psicólogos y psicólogas que ofrecieran este servicio y dimos con esta psicóloga experta en terapia de pareja en Zaragoza. Nos propuso un programa de sesiones para corregir aspectos como la comunicación entre nosotros, que ya había sido un problema, y así es como, poco a poco, la cosa empezó a mejorar.
La situación entre nosotros mejoró de manera evidente. Nos ayudó mucho el hecho de saber cuál era el principal problema que teníamos que solventar, que ya he comentado que era el de la comunicación, así que conseguimos voltear la situación y comprender mucho más los sentimientos del otro haciendo un ejercicio de una empatía que siempre es necesaria en todas las relaciones interpersonales, con independencia de que sean amorosas, de amistad o de familia. El fantasma del divorcio se fue haciendo cada vez más pequeño y la verdad es que tenemos que dar las gracias por haber tomado una decisión como la de acudir a una consulta psicológica.
Gracias a ello, nuestro hijo ha podido crecer en una familia que se mantiene unida y que le proporciona un contexto mucho más óptimo tanto para desarrollarse profesionalmente como para hacerlo desde el punto de vista personal. En muchas ocasiones, cuando aparecen problemas en la pareja los dejamos estar, no lo resolvemos cuando es debido y la bola solo haciendo cada vez más grande con el paso del tiempo. No hay que permitir que eso pase y creo que mi mujer y yo somos excelentes ejemplos de ello. Pusimos una solución al poco de saber que teníamos un problema y eso es lo que permite que, a día de hoy, sigamos juntos y siendo una familia unida.
Una realidad que afecta a muchas familias españolas
He contado mi historia no porque sea una historia de película, sino precisamente por todo lo contrario: porque son muchas las familias en España que pasan por lo que yo pasé y que ven su futuro comprometido a causa de esto. Son muchas las relaciones amorosas que terminan cada día en el interior de nuestras fronteras y tenemos que decir que es una verdadera lástima que sea así, que los esfuerzos que se han realizado en potenciar unos vínculos queden en agua de borrajas y que no se pelee más por ellos, al menos hasta corroborar que las diferencias sean irreconciliables.
Una de las noticias que también vi cuando sentí que mi matrimonio estaba empezando a caer en una tendencia peligrosa fue esta que os enlazo a continuación y que publicó el diario La Vanguardia en su página web. Aseguraba dicha información que el 50% de los matrimonios que hay en este país se termina separando. Este es un problema bastante grande en la vida de las personas por los motivos que ya hemos comentado. Es cierto que una ruptura a tiempo puede mejorar la vida de una persona, pero creemos que esta situación en líneas generales provoca un estado de salud mental que es difícil de superar y que nos gustaría que no sucediese.
A día de hoy, existen muchas maneras de mejorar la convivencia en el seno de un matrimonio. Somos más conscientes que nunca de lo que puede aportar una mejoría en la comunicación y el contar con un psicólogo en las relaciones personales y amorosas. Y la responsabilidad que tenemos es la de usar todas esas vías para intentar que un proyecto en común que iniciamos un día y que desarrollamos con todo el cariño y toda la ilusión del mundo no acabe en un saco roto y sintamos de ese modo que hemos perdido el tiempo durante todo el tiempo que haya durado esa relación. Tenemos que sacar el máximo partido posible de todas esas vías de las que hablamos para que una relación que ha sido bonita perdure en el tiempo. Por lo menos merece la pena que lo intentemos.
Cuando decidimos ser pareja de otra persona y queremos pasar la vida con ella, estamos a su lado durante tantas horas cada día que es difícil estar de acuerdo en todo lo que se piensa y en todo lo que se hace. Es lógico que haya debates en los que nuestras posiciones estén enfrentadas, pero lo que hay que hacer en ese tipo de casos es mantener siempre la calma, tratar de entender a esa persona a la que tanto queremos y negociar para llevar a un acuerdo entre los dos. Así es como se refuerza un vínculo y como se evitan peliagudas situaciones que pueden conducir a que la relación se tambalee.
Para todos los problemas existe una solución. Y es importante enfocarse en ella en lugar de en las diferencias que pueda haber entre las dos personas que componen una relación. Encontrar alternativas y soluciones es algo que depende única y exclusivamente de nosotros. Quien no lo hace es porque no quiere, porque prefiere seguir obcecado en que tiene la razón por encima de cualquier sentimiento amoroso que tenga ante la otra persona. Y ese es un error. Siempre hay que poner al amor por delante de todo. De eso no os arrepentiréis nunca.