Empresario, cuando todo el mundo te cierra la puerta, siempre hay una que abre

Emprender… qué palabra tan bonita y grande, siempre a los políticos se les llena la boca, cuando ellos saben que no lo tienen que hacer. Ahora bien, y qué vértigo da cuando decides lanzarte al vacío. Yo soy de esos locos que un día pensaron: “¿y si monto mi propia empresa de comunicación?”. Tenía las ganas, las ideas, el equipo, hasta futuro y PowerPoint. Lo que no tenía era lo más difícil de conseguir cuando empiezas: financiación.

Sé que no he descubierto la pólvora, pero es así. Al principio pensé que sería cuestión de tocar las puertas adecuadas. Pero vaya lección me dio la vida. Bancos, inversores, ayudas… todos me daban la misma respuesta: “Muy bonito el proyecto, pero no entras en nuestros criterios”. Y ya sabes, al principio, hasta sonríes y piensas: “bueno, la siguiente”. Pero cuando llevas la décima negativa, el alma se te cae al suelo.

Entonces llegué a la conclusión que este tipo de entidades bancarias tienes que demostrar que tienes dinero para que te den dinero. Olé ellos. Tengo que reconocer que hubo días en los que llegué a preguntarme si había cometido una locura, y como yo muchos empresarios que no encuentran financiación.

Me sentía como en esas películas donde el protagonista corre con todas sus fuerzas, pero delante de él van cerrando las persianas una tras otra. Y claro, yo tenía que seguir pagando nóminas, proveedores, la reforma de la oficina, hasta Hacienda llamaba a la puerta, que estos siempre se acuerdan de ti. El tiempo corría más rápido que yo.

La luz

En medio de ese caos apareció Findango, o como digo yo, apareció la luz al final del túnel. Y no exagero cuando digo que fue como encontrar un salvavidas en medio del mar. Me hablaron de ellos, casi por casualidad, en una charla con otro emprendedor que ya había pasado por lo mismo: la necesidad urgente de liquidez, de tener capital circulante, sin que te mareen con papeles y sin que te bloqueen en la CIRBE.

Lo primero que me sorprendió es que hablaban mi mismo idioma. Y esto es algo que se agradece porque de los bancos salía con la idea, “pero qué me han contado”. Nada de jerga incomprensible ni de reuniones eternas. Me explicaron claro y rápido algunas cuestiones con tres preguntas que, por suerte, tuvieron respuesta.

¿Tienes pagarés? “Perfecto, te los descontamos de forma urgente para que puedas seguir pagando proveedores, nóminas, campañas o lo que necesites, sin CIRBE de por medio”, me dijeron.

¿Facturas pendientes de cobrar? “Te adelantamos el importe, así no tienes que esperar a que el cliente decida pagarte cuando le venga en gana”, me afirmaron.

¿Necesitas préstamos a corto plazo? “Te adaptamos los plazos y los vencimientos a tu plan de negocio, no al revés”.

Y oye, es algo que se agradece. Como suelo decir yo, “cortita y al pie”. Fue como si, por primera vez, alguien hubiera entendido lo que significaba ser un empresario joven, con muchas ganas pero con pocos recursos inmediatos.

Así, recuerdo perfectamente el día que entró la primera inyección de liquidez en mi cuenta corriente. Fue como si me hubieran quitado una mochila llena de piedras de la espalda. Con eso pagué nóminas a tiempo, lancé una campaña que llevaba meses parada y, sobre todo, recuperé la confianza en mí mismo y en mi proyecto. Solo necesitaba eso, un poco de empujón para yo poder luego seguir volando solo, pero esto es algo que los bancos tradicionales no entienden.

Presente y mucho futuro

Hoy, mi empresa de comunicación está en marcha, creciendo poquito a poco, pero firme. Mirando atrás, pienso en todos esos “no” que recibí y, aunque dolieron, también me enseñaron que la perseverancia y los aliados correctos marcan la diferencia.

Si alguien que está leyendo este artículo realizado con mucha ilusión y está pasando por lo mismo que yo pasé, de verdad, no te rindas. Es duro, se siente injusto, parece que el mundo te dice que no vales… pero siempre hay opciones. Aunque veas que las puertas se van cerrando, al final, quizás al final del camino, hay una que se abre.

Hoy puedo decir con orgullo que sigo adelante, que mi empresa de comunicación ya tiene clientes, campañas en marcha y, sobre todo, futuro. Y cada vez que firmo un nuevo contrato o veo a mi equipo ilusionado, me acuerdo de esos días oscuros en los que pensaba en tirar la toalla.

Así que, si estás en apuros, no lo dudes. Busca aliados que te den un empujón, que no te pongan trabas, que apuesten por ti cuando más lo necesitas. Yo lo encontré, y créeme, fue el punto de inflexión que cambió la historia de mi negocio.

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